
Madre Rosa Dolores Rodríguez llegó al Valle de Pájaro en 1989 para ayudar tras el terremoto de Loma Prieta, y nunca se marchó. (Amaya Edwards — Santa Cruz Local/CatchLight Local)
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PAJARO >> Rosa Dolores Rodríguez, más conocida en su comunidad como Madre Rosa Dolores, nunca olvidó las palabras que una de sus muchas tías le dijo antes de morir, cuando Rosa tenía 16 años.
«Tienes que ser lo que tienes que ser, no dejes que nadie te diga que no», recordaba en una entrevista reciente en su despacho de Centro Casa de la Cultura en Pájaro.
Pero nunca se imaginó que su misión sería convertirse en el motor y el corazón de la comunidad de Pájaro, una localidad situada al norte del condado de Monterey.
Allí, en 1989, la Madre Rosa fundó la Casa de la Cultura, un centro comunitario que ofrece clases gratuitas, servicios sanitarios y comida. Hoy en día, su misión es que las personas a las que atiende, en su mayoría trabajadores agrícolas mexicanos, se sientan orgullosas de su lengua y su cultura, y de sí mismas.
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«Podemos elevar el espíritu de la comunidad, el espíritu de cada persona —el reconocimiento de su voz y del valor de cada individuo—. Y poder expresar todo eso: la cultura, la música, la danza, la gastronomía», afirmó en español. «Este es un lugar abierto a todo lo que se necesite».
Era la menor de trece hermanos, nacida en Phoenix, Arizona, y creció en el campo. Su padre, un hombre de Guanajuato que luchó en la Revolución Mexicana, y su madre, una mujer de Piedras Negras, Coahuila, que siempre invitaba a todo el mundo a su casa.
Desde muy pequeña, ya se notaba que era diferente de las demás niñas de su edad. Jugaba a juegos sobre la «Revolución Mexicana» con sus hermanos, tocaba el saxofón y las castañuelas, y le encantaban las películas de toros.
«Vivíamos en un lugar donde había toros a dos o tres campos de distancia», recordaba. «Por supuesto, nunca corrimos con los toros, pero me encantaba ir a verlos, los cuernos y todo eso. Era pequeña, no lo sabía, pero me encantaba la idea de “¡Quiero ser torera!”. Me gustaban los trajes de los toreros».
Pero su carrera no se desarrolló en las plazas de toros, sino al servicio de Dios. A finales de la década de 1940, su familia se mudó a California para trabajar en el campo y, a partir de entonces, vivió en diferentes localidades del estado siguiendo las cosechas. Aprendió a conducir a los 14 años y los fines de semana recogía tomates, patatas, almendras, albaricoques y algodón.
Fue en el funeral de su tía cuando sintió que algo «se removía en su interior», como ella misma dijo, al escuchar la música del órgano durante la misa. Y luego, mientras rezaba ante el Santísimo Sacramento el Jueves Santo, tuvo una experiencia espiritual.
«Fue como una llamada, fue como: “Tienes que venir”, algo así, no sé cómo explicarlo», dijo.
En 1966, ingresó en la Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y, durante 26 años, trabajó en colegios y hospitales de California y Misuri. Pero tras el terremoto de Loma Prieta de 1989, se trasladó al valle de Pájaro para ayudar a los afectados en la zona de Watsonville.
Aquí, según nos contó, su vocación dio un giro cuando se dio cuenta de que había mucho por hacer. Empezó a implicarse en la comunidad y a colaborar con la Sociedad de San Vicente de Paúl, la parroquia de San Patricio, Caridades Católicas y la Junta de Acción Comunitaria.
Posteriormente, en una pequeña sala de la iglesia católica de Nuestra Señora de la Asunción, en Pájaro, empezó a enseñar a coser a un grupo de seis mujeres y, más tarde, con su ayuda, comenzó a repartir comida entre los vecinos.

Madre Rosa Dolores, a la derecha, interviene en una sesión de debate organizada por Noticias Watsonville en marzo en la Casa de la Cultura. (Kara Meyberg Guzmán — Santa Cruz Local)
Un día, tras la crecida del río Pájaro de 1995, vio un cartel de «Se alquila» en un edificio situado en el número 225 de Salinas Road. Llamó por teléfono y le explicó al propietario su idea: disponer de un lugar donde ofrecer comida, una consulta médica gratuita, música, clases de arte y cultura, y «todo lo que la comunidad necesite». El propietario aceptó.
«La gente que conocía por aquel entonces me ayudó a limpiar esto después de la inundación, y así empezamos», dijo.
Desde entonces, la Casa de la Cultura ha ayudado a cientos de familias de la comunidad rural de Pájaro, aprovechando la inundación de 1995 y, más recientemente, la devastadora inundación de 2023, en oportunidades de crecimiento.
«Eso sí que es una voz», dijo ella. «Estamos ayudando a la comunidad a encontrar su voz, a expresar sus necesidades. Se acabaron las quejas. Se acabó el sentirse víctimas: “Ay, pobrecitos, nos ignoran”. ¡Nos ignoran porque no alzamos la voz!»
Héctor Llamas, propietario de Pájaro Food Center, que la conoce desde hace 26 años, admira lo que ella hace por la comunidad.
«Creo que necesitamos más mujeres como ella», dijo en español. «Siempre se ha preocupado por la comunidad de Pájaro».
Llamas añadió: «Nunca se queda quieta, siempre está buscando algo más. Sobre todo fondos del condado y del estado; siempre está buscando formas de conseguirlos para la comunidad».

Centro «Casa de la Cultura» en Pájaro. (Amaya Edwards — Santa Cruz Local/CatchLight Local)
La madre Rosa Dolores, que forma parte de la Congregación de las Hermanas de Notre Dame de Namur desde 2007, ya no sueña con ser torera. Sin embargo, ha sabido superar la adversidad y animar a la comunidad, tal y como hacen los grandes toreros.
Tiene dos grandes sueños para el futuro: dirigir una orquesta (aunque ya dirigió una pequeña una vez con el maestro Javier Vargas, de Watsonville) y, lo más importante, conseguir una sede permanente para la Casa de la Cultura.
«Sería algo maravilloso para Pájaro», dijo con esperanza. «Pero un sueño que se está haciendo realidad es el proyecto de viviendas que se está llevando a cabo en Las Lomas. Eso supone un logro enorme, enorme para nosotros, para la comunidad».
Pide a su comunidad que siga rezando por ella para que pueda hacer lo que Dios le pide y para que, cuando ella ya no esté aquí, sigan avanzando en el desarrollo de la comunidad y en su crecimiento personal.
«Porque llevo aquí más tiempo del que pensaba. Mi intención era quedarme solo mientras durara el terremoto y nada más. Pero aquí sigo. Y ha sido una experiencia estupenda. Y lo que más me ha gustado es que he sido mi propia jefa», dijo riendo.
La editora Catalina Jaramillo ha colaborado en la traducción.
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Fidel es periodista de Noticias Watsonville, la sección en español de Santa Cruz Local.

